Libertad

La palabra Libertad no es algo que se pueda ensuciar en los momentos sagrados de la vida democrática, usándola como se usaría cualquier otra en una campaña publicitaria más, como por ejemplo para que forme parte de un anuncio de la tele en el que se invita a comprar un coche de gama alta. En ese contexto, aún siendo discutible el mensaje subliminal que se envía, se puede asumir. Sin embargo, en el contexto de unas elecciones democráticas donde se va decidir quien y como organizará nuestra vida en común hasta los siguientes comicios, no se puede confundir a la gente con lo que esa palabra significa.

Cuando nuestra vida se basa en vivir en sociedad, la Libertad no consiste en que podamos hacer lo que nos de gana como, cuando y donde nos de la gana. Recientemente he leído que una conocida política española ha afirmado que una democracia plena no garantiza una libertad total, dando a entender que a lo que hay que aspirar no es a una democracia plena, sino a una libertad total. Además, también puede llegar a sugerir que es posible encontrar esa libertad total a través de otros sistemas que no sean la democracia. Mi reflexión en este sentido es que de lo primero que hablamos cuando nos referimos a la Libertad es del respeto a los Derechos Humanos; esos principios fundamentales que nos hemos otorgado como inalienables por el sencillo hecho de ser Seres Humanos, y no conozco ningún régimen político totalitario que garantice de una forma ni siquiera ínfimamente aceptable el ejercicio de esos derechos. Nos quedan entonces un sistema basado en el anarquismo, o una democracia parlamentaria. Para el anarquismo parece que aún no estamos realmente diseñadas las personas, y por lo tanto solo nos queda la democracia. Entonces, la democracia es un paso ineludible para llegar a un ejercicio lo más amplio posible de los Derechos Humanos. Lanzar un mensaje contrario es poner en peligro la Democracia, y por ende, la Libertad.

Una vez que hemos conseguido una democracia lo más plena posible que nos pueda garantizar que se respeten de la forma más utópica que se pueda nuestros derechos inalienables, nos queda por dilucidar como de libres somos para hacer con lo nuestro, sin tener en cuenta lo que piensen los demás, de nuestra capa un sayo, ya que somos dueños de nuestra persona y de lo que honradamente hemos ido adquiriendo o heredando en esta sociedad libre donde aceptamos que todos tenemos derecho a un espacio privado y la posibilidad de aumentarlo. Para ello pongo un par de ejemplos: en primer lugar, ¿si dos paisanos tienen cada uno un huerto y son vecinos, puede uno de ellos construir una torre de 25 plantas en el suyo sin contar con la opinión del otro propietario?, y ¿si alguien es propietario de un local en el bajo de un edificio, es libre de abrir en ese local un bar o discoteca, poner la música a tope dentro del establecimiento, que es suyo, y atender a sus clientes a la hora que sea, sin que le importe la opinión de los que viven encima? Pues yo creo que serán tan libres de hacerlo como el acuerdo al que lleguen con los que tiene al lado, porque, aunque está en su propiedad privada, me temo que los demás no se privarán de tomar medidas, ejerciendo el derecho a hacer lo que les plazca en su propia casa, que harán que los otros se replanteen su primera iniciativa. Y por lo tanto, sí, me temo que nuestra libertad para hacer lo que nos de la gana va estar en consonancia con lo que eso influya en la vida de nuestros vecinos. Y a partir de ahí, surgen las necesarias regulaciones. Porque si no hubiera regulaciones, un abogado nos podría defender legalmente con solo 3 años de carrera, un médico podría atendernos en un hospital público con 5 años de lo mismo o sin el MIR o un arquitecto podría firmar proyectos sin los requisitos que establecen los reglamentos. Por no mencionar, los intentos de burlar las normas que rigen cosas, como formar y gestionar empresas, trato a los trabajadores y asuntos de este orden. Los reglamentos se pueden modificar pero no burlar cuando no nos gustan, cuando han sido creados de forma democrática.

Jugar con la palabra Libertad y enfrentarla a la palabra comunismo de forma tramposa, como se ha echo recientemente, no es más que engañar a la gente entorno a unos valores que no deberíamos traicionar ni siquiera con el objetivo de ganar unas elecciones, máxime cuando se lidia con algo tan delicado como tener que decidir entre el derecho a salud y a la vida con los limites transitorios del uso de negocios privados, a los que además han acompañado una serie de medidas económicas que han ayudado a sostener la situación. Los mismos que en la situación de pandemia que aún no está resuelta del todo, prácticamente llamaban asesinos a los dirigentes que se toparon con ella, al parecer por no actuar de forma inmediata, son los mismos que acusaban a las y los progres de expandir dicha pandemia por haber participado en un acto reivindicando un Derecho Fundamental. Esos mismos son los que ahora reclaman el divino derecho de ser libres para juntarse con quien se quiera (cuantos más mejor) y donde se quiera, ya que parece que somos incapaces de soportar la esclavitud de esperar un poco más sin tomarnos unas cañas de la manera que nos de la gana. Esta gente, que dice y hace estas cosas, son los que han ganado democráticamente las elecciones. Y no queda otra que, democráticamente, felicitarles y darles la enhorabuena.

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